“Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”.

Joaquín Sabina.

 

En algún lugar de la Caracas postapocalíptica descansa en paz mi vieja cédula. Se perdió hace seis meses. Todas las excusas han sido buenas para procrastinar su sustitución. Mucho trabajo. Pocas ganas de hacer una cola de cuatro horas sin garantía de éxito. El GPS interno en modo recalculando.

Este fin de semana recargué mi voluntad, adelanté pendientes y el domingo en la noche hice los preparativos para amanecer ayer en el Saime de Los Ruices, la oficina más cercana a mi casa. La noche del domingo, en plena Luna Llena en Escorpio, desarmé la casa en la búsqueda de una fotocopia de mi vieja cédula. Naturalmente descendí a los infiernos, encontré huesos y calaveras, recuerdos de una vida que ya no existe. Después de que los restos del pasado descendieron por el bajante en cuatro bolsas de plástico con destino al olvido, finalmente se dignaron a aparecer mis cachetes gordos del año 2009 en una fotocopia perdida entre otros papeles.

Lunes en la mañana después de una cola de hora y media en Los Ruices, ocurre lo esperado: “no hay cedulación, solo pasaporte”. Cierro las páginas de “El esquiador centrado” que me acompaña para recordarme que no está bien asesinar funcionarios públicos y que el poder de grayskull me habita. Decido entonces, visitar otras ruinas, en esa tentativa terca e infructuosa de tratar de reinventarme siguiendo viejos surcos cerebrales, algoritmos predecibles de Zuckerberg.

Pienso en la oficina de Parque Central y me enrumbo en esa vía, como quien anhela encontrarse perdida en un pasado que el ego ignorante recuerda como mejor.

Trabajé diez años en Parque Central. Amaba tanto la practicidad que me brindaba que incluso quise vivir allí. Corría en Los Caobos, nadaba en la piscina, llegaba a la UCV en 5 minutos en la camioneta del Clínico que pasa por la Av. Bolívar. Compraba libros en el pasillo de Bellas Artes, caminaba con seguridad de malabarista entre los pasillos, escribiendo mensajes en mi iPhone, sin temer a Dios.

Ayer cuando reencontré sus viejos caminos un hueco hondo se adueñó de mi estómago. Un laberinto desierto con olor a pupú de perro. Abandono. La cara de Maduro en cada esquina. Señoras renqueantes en la puerta cerrada de una farmacia popular. Negocios cerrados. Pegoste y huecos. Subí al Saime de la Torre Oeste. Mi nuevo yo no estaba entre aquellos escombros.

Caminé hacia el metro para intentar el trámite en la estación de La Hoyada (donde también encontré la puerta cerrada). De regreso, reconocí en el pasillo de Bellas Artes a un par de libreros. Quise abrazarlos queriendo abrazar también esa parte de mí que se niega a cambiar. Decirles con ternura y determinación “Vete de aquí. Se acabó”.

Al cruzar de vuelta a Parque Central para buscar mi carro, me detuve en el cruce mientras el semáforo cambiaba a rojo y observé las torres. Las calles solas. Entendí que nunca más encontraría mis cachetes del año 2009. Que no me hallaría caminando a la velocidad del rayo en los pasillos, pensando en algún pendiente, en la tesis, en un amor atormentado. Que mi imagen de renacida no surgiría en las ruinas de una ciudad extinta. Que como la Caracas de mi pasado, esa que fui, no volverá.