Nunca los había visto.
Sus miradas brillan. Es el agua represada que no encuentra salida.
Sus cuerpos fuertes están cansados.
Anhelan la paz de una siesta.
La serenidad de un cuerpo caliente.
Silente.
Pero están al otro lado del puente.
Desde allí me miran. Inmóviles. Distantes.
Solo se encuentran nuestras miradas.
Las sostengo sin desafío.
Nos rodean las ruinas de una ciudad que ya no existe.
Siento su dolor en el centro de mi pecho.
Asumida doncella, me reconozco impotente ante la proeza imposible de salvarles.
Desde aquí solo puedo admirarlos.
Sus besos arden lento en lo que resta de fogata.
Me dejo abrazar a lo lejos por el calor de sus cuerpos.
Inhalo profundo para volver a sentir su aliento tibio provocando el deshielo de mis entrañas.
Reunidos al otro lado del puente
contemplan en silencio la caída de la estatua de hielo.
Veo correr el agua bajo mis pies.
Acepto nuestra verdad ruinosa.
El desplome de nuestras murallas.
La apertura de caderas.
La entrega al recibir.
Me rindo ante la caricia lejana y cierta de mis hombres tristes.