Confieso que estoy aburrida de las redes sociales.
La edad y, dicho en modo Lupita Ferrer -los-golpes-de-la-vida, me han hecho más selectiva.
Me he sorprendido eligiendo con pinza la gente que quiero seguir en mis redes y la gente que quiero tener en mi vida. Confieso que esa depuración me ha hecho sentir mucho mejor. Ha sido como empezar a cuidar la dieta (que también, porque es enero y los clásicos nunca mueren).
He decidido consumir solo contenidos nutritivos.

Ya son muchos los años que hemos dedicado a fisgonearnos en estas ventanitas virtuales.
He mirado atrás mis redes, me he reencontrado con viejas publicaciones y me he confesado a mí misma: aquí no era feliz y no lo sabía. Aún así sonreía en un selfie. A través de mi propio autoexamen he entendido una verdad tan obvia y tan importante: hay demasiadas mentiras en las redes sociales. Muchas de ellas inconscientes, otras, deliberadamente engañosas.

Y ya sabemos desde hace mucho tiempo que la publicidad es una ilusión y más bien la era del social media vino a inyectar en algunos casos un poco de humanidad a marcas que antes eran robots que solo emitían mensajes, sin considerar la posibilidad de entablar una conversación con sus audiencias. Y esto está bien.

Pero lo que nos ha pasado a las personas es grave: parece que en lugar de conocernos para ser cada vez más la versión más auténtica de nosotros mismos, ahora competimos por ser marcas personales, por lucir siempre felices, flacos y prósperos.

Nos citamos a nosotros entre comillas como Joey. Usamos nuestras experiencias personales para dar lecciones de social media, marketing, coaching o cualquier otra tendencia de moda.
Me aburrí.

Dejé de seguir a los influencers que de todo sacan una reflexión y escriben cinco párrafos en un post.

Dejé de seguir a las mamitas ricas que ponen la foto de las tetas y buscan en Google alguna frase inspirada de un autor desconocido para justificar su sobre exposición.

Dejé de seguir a los optimistas que todos los días nos piden que no desfallezcamos en la persecusión de nuestros sueños (porque a veces uno tiene flojera. Porque a veces uno está triste. Cálmate).

Dejé de seguir las vidas perfectas: gente que no se despeina, que no engorda, que siempre posa de la misma manera para la foto como en una postal navideña, pero todo el año.

Me quedé con la gente más real, o al menos, la más verosímil (porque ya sabemos que la vida misma está en otra parte).

Con los interesantes: esos que comparten pequeños detalles de su vida con humildad y sencillez y cuyo contenido me alegra, me divierte, me conmueve, me informa. Un amigo que llegó a la meta en una carrera. Una amiga que nadó dos kilómetros. Gatos bonitos y graciosos. Hermosas fotos de yoga. Contenido profundo y útil sobre astrología. Fotografías impactantes. Memes  y gifs (especialmente si son de astrología).

Ni los famosos de verdad andan preguntando estupideces en las redes sociales.
Ricky Martin montó una foto desnudo a la que he vuelto varias veces desde que empezó el año, solo para recordarme que hay razones valiosas para vivir. Cuando tengas el cuerpo y el talento de Ricky, pregúntame si te queda bonita la franela roja o la azul en una historia de Instagram. Antes no.

Esta reflexión que escribo para mí misma sabiendo que soy parte de este fenómeno, que todos estos pecados los he cometido mil veces, busca hacer una pausa para empezar a ser más responsable con los contenidos que comparto desde mis redes sociales (y que se extiende naturalmente a mi comunicación y relaciones en el mundo real).

Ahora me hago varias preguntas antes de publicar algo:

¿Esto es verdad? ¿Esto que estoy compartiendo de mí misma o de alguien más, es cierto? ¿O es algo que estoy publicando para que otros piensen algo de mí que en realidad no es verdad?
¿Esto le hace daño a alguien?
¿Esto es útil para mí y/o para las personas que me siguen?
¿Qué espero que ocurra cuando publique este contenido?
¿Mi autoestima se fortalece con la cantidad de likes de un post o me vale madres las reacciones que genere lo que he publicado?
¿He dejado de disfrutar un momento en la vida real por tomar una foto o por publicarlo en las redes sociales?
¿Este contenido se parece a la mejor versión de mí misma?

Llegando a este punto, reviso nuevamente mi motivación para escribir este texto en un domingo soleado, en vez de estar haciéndome un selfie en la playa. Realmente lo que me preocupa de esta tendencia a ser más marcas personales y menos seres humanos, es que realmente desperdiciamos tantos recursos mientras lo hacemos. El tiempo que invertimos en montar el contenido y en consumir el de otros, mientras pensamos que la vida de los demás es perfecta (bullshit!)

La posibilidad de crear algo mucho más real y satisfactorio, no solo en la web sino en la vida real. Imagínate que por cada selfie preparáramos una receta nueva. Viéramos un capítulo de The Crown. Saltáramos la cuerda por un minuto. Leyéramos la página de un libro. Tomáramos un vaso de agua. Diéramos un beso. Barriéramos la sala.

Y bueno, pienso en los niños, en los jóvenes. Ya era difícil ser adolescente sin redes sociales. Imagínense la presión de tener una vida-adolescente-perfecta en la era de Instagram. Agotador. Los adultos bien pudiéramos ayudarlos a encontrarse, a conocerse, a amarse tal y como son y no a buscar la aprobación de quienes los miran a través de una pantalla. Pero para eso hay que empezar por uno mismo.

Me voy, no sin antes recordar que no pretendo triunfar en la vida como influenciadora.
Ha sido un ejercicio para hurgar en mi sombra, aprender de ella y aportar desde lo que creo hoy en día es mi mejor versión. Me voy a montar un arroz.
Gracias por leer.