Hacíamos lo que otros hacían.
Íbamos de vacaciones porque otras familias lo hacían
Íbamos al parque unos domingos y otros a la piscina porque otras familias lo hacían.

Era pequeña. Siempre sentía miedo, pero desde temprano desarrollé astucia e ingenio para ocultarlo.
Algo parecía estar a punto de explotar. Siempre.

Mi energía excesiva escondía mi miedo a pisar una mina.
Lo mío era una risa incontenible. Un chillido incesante. Un brillo enceguecedor.
Mi rol era convencerlos de que aquel teatro estaba funcionando.
De que yo sumaba las partes y un papá y una mamá en una piscina un domingo soleado era la felicidad, aunque nadie sonriera nunca jamás.

Papá manejaba siempre incómodo, siempre molesto, siempre queriendo estar en otro lugar.
Mamá fingía satisfacción debajo de un gran sombrero, unos lentes oscuros, una boca pintada de rojo.
Había piscina, sol, algún pasapalo, una cerveza.
Una niña que jugaba sola.
Familias que como en un deber de séptimo día cumplían el ritual de hacer lo que hacen las familias.

Crecí. Esta vez con libre albedrío y ninguna consciencia, me esforcé en reconstruir la misma escena.
Vivir el domingo con otros padres (los mismos padres).
Asumir el desafío nunca alcanzado de salir ilesa de las sutiles agresiones de una madre (otra madre, la misma madre).

Jugar el mismo rol.
Ser la risa, la alegría, distraerlos a todos de la desgracia inminente.
Va a doler, pero si reímos quizás no lo notemos.

Escribo una tarde de domingo. No sonrío.
Huelo el café colándose. Hace frío.
Nadie finge a mi alrededor ninguna alegría triste.
Entierro en estas palabras el escenario, el guión y el vestuario.
He renunciado al teatro.
Ninguna sonrisa sobreactuada se maquilla sobre mi boca de payasa triste.
Soy, simplemente, la mujer que teclea y palpa el alivio de saberse liberada de papeles impuestos y autoimpuestos. De sombreros grandes y bocas pintadas. De ataques pasivo-agresivos. De compañías ausentes. De promesas huecas y corazones empacados al vacío.

Soy genuinamente triste. Auténticamente triste. Decididamente triste. Valientemente triste.

Triste, sí.

Y libre.