Donde vivo, la justicia se impone por la fuerza. Cada vez con más frecuencia algún ladrón tiene la mala idea de tratar de robar un celular o arrancar una cartera en la Calle B de Los Ruices. Ese muchacho que seguro no supera los 18 años, que probablemente está drogado, no tiene idea de lo que ocurrirá después de arrebatarle el morral a una muchacha que camina a paso rápido en medio de la oscuridad. En cuanto empiece a correr alguien gritará “¡agárrenlo!”. De la nada, aparecerán mil zancadillas y un poco más allá esperan ansiosos los puños. En cuestión de segundos, miles de voluntades enardecidas bajarán por las escaleras hasta penetrar el asfalto. Allí se encontrarán con lo que siempre han soñado: un malandro drogado, con un celular ajeno en la mano y la mirada perdida en la primera patada que se funde con furia en su rostro. La primera duele más y con las siguientes todo se va borrando y tornando color rojo. De la nada también aparece un bate. “¡Dale, dale, dale!”, animan las voces en las ventanas ante el espectáculo de la piñata comunitaria.

Todo es oscuro y esta noche hasta el humo y una luna naranja confabularon para crear la atmósfera terrorífica. La adrenalina no deja espacio para cuestionamientos. Nadie se pregunta cómo se llama el ladrón. Cuántos años tiene. Si fue a la escuela. Si tuvo padres que alguna vez se hayan preocupado por su cuidado y educación. Nadie sabe cuándo fue la última vez que “esa lacra”, como lo llaman los vecinos que celebran la posibilidad de su muerte, recibió un abrazo. Nada importa porque la gente está rabiosa. Y eso parece darles el derecho de linchar a un ser humano. Porque estamos hartos, dicen. Porque hasta cuándo, gritan.

Qué ingenuidad este post. Que nivel de comeflorismo. Pero esta noche siento que detrás de cada malandro estamos todos, actores de esta sociedad fracasada y egoísta, que ante el horror se hace la vista gorda o lanza la primera piedra “no vaya a ser que nos maten”.

La moral del que lincha es el miedo. Miedo a morir en manos de un malandro. Parece que es mejor matar. “Sentar un precedente”, “dejar de ser pasivos”, como escribía el vecino en la comodidad del Twitter mientras otros hacen el trabajo sucio. La violencia es la comodidad y la victimización. “Que los maten a todos”. Nadie se pregunta qué hemos hecho para revertir esa realidad desde la causa. Todos esperan que venga el próximo Mesías a resolver lo que nosotros no estamos dispuestos a transformar en nuestro entorno inmediato.

A nadie le ha importado nunca el ladrón anónimo. Ni a sus padres, ni a su comunidad, ni a sus maestros, ni a su gobierno, ni a su país, ni a sí mismo. No sorprenden sus acciones. Pero el que lanza la patada quizás es un profesional educado o al menos alguien que comió tres veces al día. Tal vez el primero que metió la zancadilla va todos los días al trabajo, se pone las manos en la cabeza y exclama “qué mal estamos”. Sufre de un vacío distinto. Quiere que todo cambie, pero no quiere cambiar, porque en el fondo no cree en sí mismo, no sabe quién es ni lo que puede dar para que su realidad mejore. Lo único que se le ocurre es matar a los malandros. No se da cuenta que su “solución” no hace sino alimentar el monstruo. No es capaz de notar que su remedio es peor que la enfermedad.

Suena la sirena de una ambulancia. La policía y los paramédicos forcejean para poder llevarse al malandro malherido. Mientras la sirena se pierde en la bruma de la calima se escucha la algarabía de los vecinos. Sienten que esta vez ganaron.

La foto es de esta noche y la tomé de la cuenta de Twitter de