Faltaba muy poco para completar la hazaña. Pasé 8 días en Lima y Cusco con 180 dólares en efectivo, mientras que mis tarjetas de crédito aprobadas viajaban en alguna moto caraqueña. Las encontraría a mi retorno en el buzón del correo, tan brillantes como inútiles.

En la cartera llevaba lo justo para pagar la tasa en el aeropuerto internacional de Lima. “Gracias por venir al Perú, señorita”, me dijo el taxista mientras sacaba mi morral de la maleta de su auto rojo. La agradecida era yo: comí ceviche, picarón y granos de maíz del tamaño de una metra; tomé chicha morada y té de coca; me encaramé a 3.800 metros de altura para conocer un pueblo textil de cholitas de cachetes rosados que cobran sus creaciones en un punto de venta Visa. Me encontré con la postal de Machipichu y la usé de fondo para fotografiarme con uno de esos amigos que se hacen en el camino, un ecuatoriano sesentón que descubría Suramérica con una cámara y la curiosidad de un niño. Todo eso con 180 dólares en efectivo y sin las tarjetas de crédito que viajaban vírgenes dentro de algún sobre blanco sobre las calles agrietadas de Caracas.

Era 30 de agosto, día de Santa Rosa de Lima, la patrona de esa ciudad que me despedía. Justo el día antes había conocido a esta santa en su propia casa y su historia de sacrificios extremos y fanáticos. Me hizo recordar a mi abuela Rosa, quien hubiera cumplido años al día siguiente y también veía santos y muertos que los demás no podíamos ver. Mi abuela medium y psicótica cuyo cuerpo siempre fue de hierro y su mente de papel. Recordando a Santa Rosa y a Rosa Zurita, mi abuela difunta y cumpleañera, entré al aeropuerto Jorge Chávez con el dinero justo para pagar la tasa aeroportuaria y regresar a Caracas el 30 de agosto de 2009, día de la patrona de los peruanos.

Millonaria como me sentía, me paré en Donkin Donuts y me compré un brownie. Hice mi check in y caminé hasta el sitio donde debía pagar la tasa. “Faltan tres dólares”, escuché al otro lado del vidrio. Deshice mis bolsillos, vacié la cartera, me infarté. Los tres dólares ausentes eran digeridos por mi estómago. Hace minutos eran bolo alimenticio. Ahora eran solo un trozo de torta de chocolate en descomposición.

Tenía 150 bolívares en el bolsillo. Bolívar, Sucre, Miranda nunca fueron tan inútiles. 150 bolívares y un avión que tomar para regresar a mi casa en Caracas a encontrarme con un sobre blanco y un par de tarjetas que ya no podrían rescatarme.

“Respira profundo”, me dije. “Adivínale la cédula a algún venezolano que pase por aquí y cómprale los dólares con estos próceres devaluados en tu bolsillo”, pensé. En medio de la desesperación entré a un par de comercios.

— Buen día, señorita.

— Buen día.

— Disculpe la molestia. Soy venezolana y en mi país tenemos control de cambio. Debo tomar el avión para regresar a Caracas pero me quedé sin dólares y me faltan tres para pagar la tasa. ¿Me puede ayudar?

— ¿No tiene tarjeta de crédito?

Me vi a través de sus ojos: mendiga en un aeropuerto extranjero con dinero de monopolio en los bolsillos.

— No, no tengo.

“Y este es el rostro de la lástima inca”, pensé.

— Disculpe, señorita, no la puedo ayudar, me dijo la vendedora mientras chequeaba el funcionamiento de las cámaras de seguridad.

Volví a la tentativa anterior. Me paré en una esquina y me propuse cazar algún rostro paisano con quien pudiera hacer el trueque y volver a casa.

Al otro lado del pasillo reconocí una cabellera gris familiar. Unos rasgos aindiados pero conocidos, un recuerdo reciente de una foto con fondo de Machupichu. Me acerqué al aventurero ecuatoriano. Intenté hablar, pero cuando su rostro angélico me sonrió, mi voz se hizo llanto. Entre el jadeo, el moco y algunas señas, pude decirle que me faltaban tres dólares para pagar la tasa aeroportuaria. Me dio un billete de diez dólares y me consoló como si fuera una niña que hubiera perdido a sus padres en el supermercado.

Superada la barrera, ahora con siete dólares en el bolsillo me compré un café para pasar el susto. Tres dólares me quedaron. Lo justo que necesitaba para pagar una revista llamada Dedomedio. Leí mientras esperaba el avión.

Ya en las alturas, en algún lugar entre Lima y Caracas abrí nuevamente la revista en un artículo titulado Santa Loca de Lima. Era un reportaje cuyo propósito era analizar psiquiátricamente a la excéntrica santa peruana para hallar un diagnóstico a su conducta irregular. “Psicótica”, sentenciaba el doctor Guillermo Ladd, para explicar las alucinaciones y visiones sobrenaturales de Isabel Flores de Oliva (aka Santa Rosa de Lima). Mi abuela cumpleañera regresó a mi memoria, atrapada en sus últimos delirios. Cerré la revista y, pobre como era, me sentí bendita por un milagro hecho divisa.