Ayer 22 de febrero de 2014  fueron convocadas numerosas manifestaciones en el país para continuar condenando la actuación del gobierno y las fuerzas públicas que, en su negación de la disidencia y en su incapacidad para aceptar y resolver los problemas que nos aquejan todos los días de nuestra vida (inseguridad, escasez, inflación) han decidido reprimirnos e ignorarnos hoy más que nunca.

Ya lo he dicho muchas veces: nunca he sido de ir a marchas, ni gritar consignas del tipo “y va a caeeerrr, y va a caeeeer, este gobierno va a caeeeer”. He escogido otras formas de lucha. Pero en estos días se me ha convertido en una prioridad encontrar otras maneras de manifestar mi descontento y hastío a este gobierno, su corrupción y negligencia. No soy partidaria tampoco de las guarimbas, ni la violencia entre nosotros mismos, pero sí creo que los productores de contenido tenemos un rol fundamental en esta lucha de hacer notar los problemas para que puedan ser resueltos.

Así las cosas, esta semana recibí una invitación para participar en una manifestación llamada Los Gritos Silentes. Ayer nos concentramos dentro de esa gran marcha que hubo en Caracas  y la cosa fue así: nos vestimos todos de negro (seríamos unas 50 personas, aproximadamente). Cada uno tenía un cartel con el nombre de una víctima fatal de la violencia criminal en  Venezuela en el 2013 (24.763 es la cifra total). Cada cartel tenía el nombre de la víctima, la edad que tenía cuando fue asesinado y cómo lo mataron. La protesta se hace completamente en silencio y solo se hacen descargas de gritos cada cierto tiempo para rememorar la desesperación de las víctimas y sus familias.

Estuvimos tres horas exactamente mostrando nuestros carteles dentro de la manifestación. Al inicio había música, pitos, se asomaba el ambiente festivo que nos caracteriza como venezolanos y que suele marcar cualquier tipo de manifestación en nuestra capital, sin importar el propósito de la concentración. Cuando nos colocamos en la baranda de la Av. Francisco de Miranda la gente comenzó a acercarse y a tomarnos fotos. Vi llorar muchas personas mientras leían los carteles.

Cuando ya la masa casi nos cubría frente al Centro Comercial Líder, nos fuimos caminando en fila hasta Los Dos Caminos. La gente abrió un surco en la marcha (casi parecía una marcha fúnebre) y las personas se detuvieron a vernos pasar mientras leían uno tras otro los carteles. Me impactó ver tanta gente llorando, mujeres, especialmente. Y algo más increíble todavía: mucha gente hizo silencio como nosotros. Cambió el ánimo de la protesta, o al menos en esos lugares por los que pasé con el grupo. Muchos fueron solidarios con nosotros: algunos nos regalaron mandarinas, chocolates. Una señora me regaló una estampita de la Virgen de la Coromoto.

Mientras caminaba con mi cartel sentí muchas cosas: una conexión muy profunda con la víctima que me tocó representar y su situación. Muchas veces me imaginé la secuencia en mi cabeza. Caminar bajo el solazo y gritar cada cierto tiempo resultó ser muy agotador, pero a la vez muy catártico. Sentí que de verdad, por primera vez en mi vida, estaba siendo profundamente empática con quienes han sufrido en primera persona la crudeza de la violencia en nuestro país.

Finalmente pensé en un montón de ideas sobre lo que puedo hacer desde mi trinchera. Ya esta semana logré varias cosas en mi comunidad, tratando de que la gente se sumara a una manifestación pacífica el día martes 18 de febrero (cuando después de 6 días de bombas lacrimógenas y agresión entre la Guardia Nacional y los vecinos logramos protestar abajo con cacerolas, velas y mensajes escritos en la calle). Pero además pensé que, más allá de los medios, hay un deber personal de conectarse con el otro. De mostrar la gravedad de lo que ocurre. ¿Cómo? Pancartas en los balcones con los problemas que nos aquejan, franelas con mensajes que puedan contribuir con el despertar de conciencias en la ciudad. No me anoto en consignas políticas, ni en banderas de ningún partido político. Es la hora de los ciudadanos y cada quién desde su lugar debe esforzarse por exigir lo que por derecho merece, sin aplastar a nadie. Pero creo que repitiendo las consignas de las marchas de 2002 no lo vamos a lograr. Tenemos que ir más allá y aquí es donde entra la creatividad. Habrá que sumarse a Los Gritos Silentes y a todo lo que podamos hacer para combatir el letargo, denunciar lo que vivimos y ser parte de la solución.

Aquí un video grabado por Jorge Luis Santos de una parte del recorrido –> http://goo.gl/tz71MU