El encuentro con la Palabra de Dios se inició a pocas semanas de cumplir los siete años. Para entonces Margarita era ajena al ritual de escuchar el Evangelio y cantar el himno nacional: venía de un preescolar laico de aula abierta en el cual no se usaba uniforme y donde Dios nos estaba hasta en la sopa.

El primer día de clase llegó tarde y pudo ver desde afuera las once columnas de niños y adolescentes, las tres franjas de colores blanco, azul y beige. Una bandera humana de niños que repetían las mismas frases al unísono pero cuyas mentes parecían jugar en lugares lejanos. Aquella mañana empezó a escuchar el Evangelio del día de la boca de esa señora gorda que representaría a Dios en la tierra en su faceta más severa y aburrida. Escuchar su copioso llavero por los pasillos del colegio activaba en los niños el sensor del pecado. Pensaban: tengo la camisa por fuera, soy un pecador. Dije una mala palabra, Dios me va a castigar. Me gusta el niñito de la fila de adelante, la Virgen me odia. Y así, la directora se encargaba de darle esa mala publicidad al Creador en ese purgatorio en la Tierra que era la escuela.

“La vida eterna”, dijo la directora. Y la frase retumbó en la cabeza de ocho años de Margarita. Desde ese día la lectura de La Palabra pasó de ser un murmullo ininteligible al inicio de la jornada para transformarse en una obsesión infantil.

Los monstruos del closet se fueron para siempre. La oscuridad y el coco quedaron enterrados en un pasado más inocente. El nuevo terror nocturno era “la eternidad”. Margarita no se imaginaba el momento de morir, no temía el minuto del fin. Se veía sentada con un vestido blanco, alas grandes cubiertas de plumas, una aureola dorada, y su rostro escarchado. El arpa acostada de lado, como cuando se deja la bicicleta exhausta en la acera. Y Margarita viendo pasar las otras nubes y un calendario que tiende al infinito. Una imprenta cuya tinta no se agota. Papeles cada vez más grandes para enmarcar las cifras maratónicas que ya no caben en el calendario. Es el año 85446358890. Es la eternidad y allí solo se ven las fechas porque las personas ya no saben decir las cifras que denominan el año en curso.

En esa pequeña mentecita no cabía un mundo sin final. Cada noche Margarita lo veía más claro: las nubes no eran nubes: eran telarañas en ese mundo estático en donde no pasaba nada nunca. Siempre y nunca. Palabras eternas que resonaban como ecos en sus pesadillas.

Una mañana lo decidió. Cuando escuchó las llaves, se armó de valor y se dejó la franela por fuera. Se arrancó las alas cubiertas de plumas. Comenzó a escribirle cartas y a dibujar corazones flechados al niñito de adelante y hasta le ofreció un beso como los de la gente grande. Se sacudió la escarcha, se quitó el cintillo y rompió la aureola. Aprendió nuevas groserías y las pensó varias veces al día, especialmente cuando el llavero anunciaba la presencia de Dios en los pasillos. Pateó el arpa, se metió en el blue jean, se amarró los zapatos. Mientras volaba perdió el miedo al sonido de las llaves. Abrió los brazos, cerró los ojos, sonrió. Volvió en caída libre al mundo finito. Renunció a la vida eterna. Amén.