Al despertar, se vio caminando sobre flores de papel. Al pisarlas florecía el rocío sobre los pétalos que estallaban en color con el roce de su piel. Miró hacia abajo y se dio cuenta de que la acuarela le pintaba la planta de los pies mientras cruzaba el umbral.  Fue lo primero que sintió desde su última exhalación. Así lo había anticipado en esos sueños en los que la Virgen del Valle le sonreía mientras mecía a un niño Jesús inquieto y juguetón.

Las flores aparecieron como collages después de la primera quimioterapia. Fueron una tregua entre la confusión y la náusea. Sus 33 años, dos meses y cinco días habían transcurrido entre la danza contemporánea y la biología. “Dios” era una palabra que Andreina solo pronunciaba para expresar exclamaciones. Criada por padres ateos, educada en un colegio laico, jamás vio una Biblia en casa. Cuando recibió la noticia del cáncer a sus 33 años, dos meses y cinco días, Andreina no sabía ni siquiera cómo se rezaba el Padre Nuestro.

Su búsqueda se inició con dos letras juntas que hasta ahora habían resultado innecesarias: fe. Las googleó. Leyó las definiciones. Hizo anotaciones. Salvó imágenes referenciales que iban desde el Cristo Redentor hasta la representación del séptimo chakra. El miedo se había instalado en la boca del estómago y creer era un verbo que debía conjugarse en acción para escapar del facilismo de la autocompasión. Para superar el llanto contenido de quienes la llamaban y la presentían más cerca de la muerte que del auricular.

Después de su segundo encuentro con las flores, Andreina extendió el brazo y anotó “Creer para ver”. Cuando recuperó un poco la fuerza, prendió la computadora portátil, abrió Photoshop,  empezó a “cropear” flores de colores como las que veía en sus sueños. Lo mismo hizo con la silueta de la virgen. Con la carpeta de imágenes abierta decidió que para que esta virgen fuera milagrosa, para poder creer en ella y rezarle, debía tener un rostro conocido. Y así recortó la cara redonda de su hermana y la pegó. Sustituyó la expresión angélica del niño Jesús por la de su sobrino. Imprimió los elementos. Sacó las acuarelas, los pinceles y se dedicó a colorear la nube de flores sobre la que luego calzó la imagen celestial con las expresiones sonrientes de quienes la amaban. De los que mil veces le habían probado una entrega tangible, terrenal, comprobada.

Con una iglesia repleta de flores, Andreina agradeció el milagro a su virgen de papel. Su mirada radiante sustituyó la belleza de la antigua melena negra; el cabello, incipiente, crecía de nuevo con su esperanza. Andreina ofrendó en la misa una de sus vírgenes conocidas. Las demás se convirtieron en cuadros de una exposición de arte. En todas aparecían amores entrañables, rostros de madres y niños conocidos. Ellos fueron las estampitas a las que Andreina se aferró, a las que dedicó sus oraciones inventadas en la bruma de la enfermedad.

A ellas siguió aferrándose cuando regresaron las flores a los sueños. A ellas ofreció una nueva lucha contra la resignación, contra la inercia. Cristo, Buda, Krishna se sumaron a la peregrinación. Guardó su fe en un morral junto a un cuaderno cuadriculado y un lápiz con el que iba anotando su destino en porcentajes: 25% en el Ávila. 25% en La India. 25% en Los Llanos. 25% en Playa el Agua”.

El cuaderno ahora está en la mesa de noche y un ventanal se abre generoso frente a la cama. Una de las vírgenes toma la mano de Andreina mientras le canta el repertorio de las canciones de su niñez. La madre de Dios se multiplica en la habitación. Andreina la reconoce en los distintos rostros. Cada una de ellas tiene una misión anotada en las hojas cuadriculadas. Una encomienda hecha ceniza que deben entregar en El Ávila, La India, Los Llanos, Playa El Agua. Al otro lado de la ventana estalla un aguacero con sol que luego colorea el cielo. En la nueva casa de Andreina, sus pies multicolores caminan sobre las flores que crujen en el jardín. Cierra la puerta tras de sí y vuelve a creer.